Se acercaba el equinoccio de primavera y como en anteriores ocasiones el Olimpo se preparaba para celebrar dicho acontecimiento. Todo era un ir y venir de gente dedicada a engalanar y preparar el escenario de tan esperada celebración. Perséfone (diosa de la primavera), como era habitual, se encargaba de dirigir y supervisar los preparativos de la fiesta. Estaba especialmente entusiasmada, ya que, la fiesta del anterior equinoccio fue un gran éxito y quería que esta fuera aún mejor.
Zeus le recordó que dicho entusiasmo estaba bien en su justa medida, pero no debía dejarse llevar ya que podría jugarle una mala pasada, a lo que Perséfone, hizo caso omiso llevada por el gran entusiasmo con el que preparaba la fiesta y… he aquí que cuando llegó el gran día, todos los dioses del Olimpo acudieron a dicha celebración engalanados con sus mejores ropas y joyas, todos excepto uno, Hefesto, dios del fuego.
Tras el recibimiento de todos los invitados, Zeus se percató de la ausencia de Hefesto, sabiendo de su mal carácter y de la impulsividad de sus reacciones, se acercó a Perséfone para preguntarle por él. La diosa palideció por segundos, ya que con tanta excitación en los preparativos de la fiesta, se había olvidado de enviar su invitación.
En ese mismo instante todo el Olimpo quedó iluminado por una gran bola de fuego que irradiaba una luz cegadora y tras ella la silueta del dios del fuego, que señalando de forma amenazadora a Perséfone con su dedo índice, le recriminó a cerca de la ofensa tan grande que suponía para él no haber sido invitado a dicha fiesta.
Por más que Perséfone se disculpó e intentó explicar qué había sucedido, más aumentaba la ira de Hefesto, hasta el punto que su cólera propició que las montañas que rodeaban al Olimpo estallaran bruscamente y que de sus entrañas salieran mares de lava que inundaron los valles y llanuras que rodeaban el Olimpo.
En ese instante, llegó Afrodita, diosa del amor, y gracias a su ternura, paciencia y poder de convicción calmó a Hefesto aclarando la situación, invitándole a unirse a la fiesta abriendo el baile de gala como el gran anfitrión.
Los efectos de la ira y cólera del dios del fuego dieron origen a lo que hoy conocemos como erupciones volcánicas.




